GENEROSOS AMIGOS QUE ME SIGUEN

El Tiempo en Segorbe. Predicción

El Tiempo en Segorbe

martes, 29 de junio de 2010

Sierra de Gúdar. Barranco de Las Umbrías


Prados impolutos, fértiles, pintados de esmeralda y pinares arropando colinas, hoyas y rinconadas, sobradamente llenos de magia. Y fuentes, ríos y barrancos, con la gracia cristalina del agua.

La sierra de Gúdar entusiasma en todas las estaciones. Cuando la nieve la viste de blanco como un vestido de novia, y cuando las flores embelesan al caminante.

La población de Gúdar está rodeada de esos frescos prados donde pasta el ganado vacuno. Y para llegar a ella hay que subir una larga cuesta. Pero te recibe con su regazo secular, con su tranquilidad, manteniendo intacta su atmósfera serrana, abierta a excelsas vistas de la espectacular sierra. Y digo Gúdar, pueblico, porque fue el punto de partida y llegada de una fascinante ruta circular cuyo “leit motiv” excursionista fue el barranco de Las Umbrías.



Pero, como prolegómeno a esta ruta, nuestro gran amigo José Manuel (Rocacoscollá) nos regaló dos recorridos previos. En el primero visitamos el paraje de Font Narices, el Arco y la bella cascada de la Hiedra. La fuente golpeaba el silencio de la mañana con su rumor de cristal; el Arco encumbraba su rocosa figura con el telón de fondo de la pinada, y la cascada de la Hiedra vertía su elegante cabellera líquida entre flecos de hiedra, buscando amorosa la taza del lecho del barranco, deshilachándose con sus rumores de plata.




La copla riente del río Alfambra fue nuestro siguiente encuentro. Las linfas mostraban su alegría entre la vegetación del cauce. El sendero nos llevó a los sonoros Caños de Gúdar, otro hito de la famosa sierra.


El hálito de las tiernas praderas y la miríada de flores de todos los colores, pintaban cuadros bucólicos dignos de ser plasmados en paletas brillantes con sus escenas impresionistas. Avanzábamos desde Gúdar en busca del barranco de Las Umbrías. En el ambiente de la mañana flotaba la esencia de mil perfumes y caminábamos a gusto, felices, por el alma sombría del bosque.



El barranco nos recibió con sus galas naturales, oliendo a tomillo y ajedrea. Sus cadencias se amoldaban a nuestros pasos, cauce abajo. Y disfrutamos con su belleza, admirando el rosario de saltos que ofrece con sus pozas cristalinas, transparentes. Las aguas corrían tersas, mansamente, creando belleza. Las flores encendían sus colores y nuestros pasos cruzaban la corriente, que nos acariciaba a veces los pies con ritmo refrescante.




El bosque se acombaba hacia las altas moles calizas, donde las rapaces trenzaban sus vuelos. La tarde llegó entre el salmo del barranco. Y la voz ronca de los truenos nos llenó de repente. La tormenta se desencadenó rápidamente, y una lluvia pertinaz caló en los campos y en las plantas. Subimos una dura cuesta bajo la lluvia, arribando a Gúdar. Y una vez secos y recuperados comimos en el Rancho Grande que, de tradición, tiene fama. El ejercicio de comer lo realizamos a las mil maravillas, no faltaba más. Y aireamos alegría, diversión y ganas de pasarlo bien. Y lo hicimos como catedráticos de la amistad. Y al final, cada uno se fue a su tierra. Pero con los firmes deseos de volver a septiembre, cuando el calor del verano languidezca y afronte el otoño su nueva andadura, para ilustrar nuevas rutas. Que así sea.


Ver VIDEO de la Ruta:


domingo, 27 de junio de 2010

Arenas calientes


Noche azulada

cuando el crepúsculo se ha ido,

la soledad me devuelve,

recuerdos encendidos.


Las brisas del mar

alimentaban nuestros besos,

cogidos de la mano,

encadenando nuestros deseos.


Las arenas calientes

enardecían nuestros cuerpos,

y el flujo de la sangre

flameaba nuestros sentimientos.


Como vendavales locos

afloraron los recuerdos,

de un amor apasionado,

impreso en dulces sueños.


jueves, 24 de junio de 2010

Segorbe, arrebato de matices


Un concierto de colores nimban a Segorbe. Verde, azul, ocre, gris… El cielo, la vega, la tierra patricia, sus piedras, en las que se refugian los siglos. Algarabía de tonos en una ciudad que es otero, cerrillo, alcor. Bañada de una luz áurea, que le entra por el mediodía, perfilada por atmósferas diáfanas que blasonan su enclave, sus dos altozanos mitrados -Sopeña y San Blas- en los que se reclina y encarama con armonía y adaptación topográfica, arrumada de sosegadas brisas, de esa popular “mareta” que, viajera en el espacio, se aupa presta y alígera desde la costa hacia el alfoz segorbino, acariciándolo como un bálsamo telúrico en las noches estivales.


Segorbe, la ciudad y el campo. Y como un cinturón pintoresco, vigilando sus encuadres, el catálogo turístico de sus encantos, dos sierras, mirándose entre sí -Espadán y la Calderona-, trenzan sus galleantes rasgos, su estela natural, sus encastillados paisajes, y la enmarcan componiendo una imagen grata a la contemplación.


Segorbe, paisaje lírico, incardinado, que impresiona al espíritu sensible que la distingue desde el transitado llano de Geldo, o mejor, a la altura de la Cruz de Media Legua, apabullada por los veloces zumbidos del intenso tráfico que circula por la A-23, Es, desde este punto significativo, sugestiva cartela panorámica, en amalgama centrípeta de cromatismos de sus huertas, de su apiñado y amplio caserío, recortando su silueta -amparando vidas y entresijos de calles-, la torre-campanario de la Catedral, apuntando hacia el cielo infinito, en su expansión de azul cambiante, y divulgando por doquier el sonido alegre de sus campanas.





martes, 22 de junio de 2010

Los estrechos del río Ebrón


Camino junto a mis amigos del grupo Rocacoscollá. Vamos a recorrer una de las rutas más espectaculares de Teruel: Los Estrechos del río Ebrón, una garganta profunda y sinuosa, situada entre las poblaciones de El Cuervo y El Tormón. Atrás, dejamos los coches. Unos aparcados en el lugar previsto, y otros, antes, al lado del camino. El Ebrón mostraba su genio y para algunos vehículos más ligeros, lo prudente fue no cruzar su ancho cauce por el vado del camino.




Muy frondosos bosques de ribera acompañan al río. La humedad emerge de la tierra. Se empapa en los cultivos agrícolas. Los chopos guardianes galantean al cielo con su heteróclito ramaje de hojas lustrosas. Los nogales se asocian y explayan su rollizo continente. Las lianas se agarran con ahínco a los troncos de los árboles. Y el festival de verdes y colores contrasta con el señorío de los paredones, que enfilan sus vertiginosos lienzos hacia las alturas, donde alumbra el sol, centrando con solemnidad un cielo cuajado de intenso azul.

El Ebrón ¡vaya río! Tiene como paradigma ostentar orgulloso su caudal y también la historia de sus recursos. Cerca de los citados pueblos existieron molinos harineros, y en el siglo XIX eran famosas sus aguas por “criar sabrosas y abundantes truchas”.

El sendero cruza varias veces el lecho. Unas lo vadeamos con el soporte de piedras y otras de pasarelas de madera. Todo el trayecto está debidamente acondicionado: Escaleras de madera, cables de acero, pasarelas que se proyectan por el desfiladero, escalones instalados en las rocas…







Las riberas del río forman un esplendoroso jardín botánico al socaire de sabinas albares. Se cruzan parajes agrestes y recoletos, que tanto enamoran a los excursionistas, donde el río exalta su caprichosa alegría entre remansos cristalinos y el toque sonoro de pequeños saltos. El aire es puro y las sombras se adueñan del festejo del agua cuando su transparencia parece mágica en el suculento paso de “los estrechos”.








Pasando por prados exornados por guirnaldas de flores silvestres y el retal presuntuoso de hermosos escaramujos, se llega al vistoso puente natural de la Fonseca, otro eslabón interesante del trayecto. En este cárstico puente se desarrolla una doble alternativa, siendo El Tormón el hito de encuentro y el Ebrón el eje diametral, con su curso serpenteante y hundido, encajonado y áspero. Lo contemplamos a través de altos miradores, mientras nos acercábamos al pueblo. Allí, junto al viejo molino harinero, se encuentra otra de las maravillas del Ebrón: la cascada de Calicanto, bella, impetuosa y cantarina.







El retorno hacia Fonseca tuvo un rumbo diferente, sobremontando la derecha orográfica del río, entre pasos elevados y frondosos pinares. José Manuel y cinco intrépidos amigos encontraron el sugestivo complemento de la aventura por el río, practicando barranquismo. Y disfrutaron con las cristalinas y frías aguas, avanzando por las profundas angosturas hasta el puente. Reencuentro y regreso otra vez por los fantásticos estrechos hasta El Cuervo.

Comimos en Los Chorros. Ambiente ideal rebujado por los repiques de las sonoras lenguas de estos saltos de agua, que fueron la música de fondo de tantas delicias para los estómagos. Muy cerca, el Ebrón parecía decirnos:

-Cómo habéis disfrutado. Si es que soy único.

Sí, el Ebrón es único. Una sorpresa como las más grandes catedrales de la naturaleza.


Ver VIDEO:


video

domingo, 20 de junio de 2010

El barranco


Los colores primaverales se habían congregado en el barranco con toda su fantasía cromática. Verdes, ocres, amarillos, rojos, violetas… Festejaban con su cabalgata lírica el armónico ritmo del barranco por donde caminaba. Orquestación de colores en el alma silenciosa del paisaje. Sin embargo, no todo era silencio. Había una paz romántica, con repiques de pequeños saltos de agua espumeante. El fino caudal del barranco formaba una estela brillante, sonora, de un tono constante, como un pregón fantástico que le cantaba a la egregia sierra. Y se adormecía en pozas de cristal, que recibían los luminosos acordes del sol, como un homenaje del astro rey a tanta belleza virginal congregada en el sinuoso y escalonado lecho, erizado de vertiginosas y rezumantes formaciones rocosas que acorazaban el congosto, acentuando el característico matiz rojo del rodeno, donde se fijaba la hermosa grafía de los líquenes, enjaezados de definidos tonos anaranjados y grises.

El ambiente vegetal de ribera era sugestivo, alegre, prodigioso… Veíanse arces, escaramujos, lentiscos, adelfas, cornicabras, brezos, plantas rupícolas, endemismos vegetales y abundante flora medicinal. También carrascas, que escalaban las pronunciadas laderas. Y pinos y alcornoques. Un mosaico importante de vegetación que conformaba un paisaje de alto valor ecológico. Lo contemplaba fácilmente caminando tranquilamente por un bonito sendero, mientras los arbustos me saludaban con sus leves y delicados roces.


Este barranco es el del Agua Negra. Parque Natural de la Sierra Espadán (Castellón).














jueves, 17 de junio de 2010

Seré una estrella, abuelo


¿Qué haces, mi niña?

Contemplo el mar, abuelo.


Sentada estaba,

en la orilla de la playa,

besándole el sol,

su carita sonrosada.


Sus pensamientos navegaban,

como olas encantadas,

como sueños precoces,

que el mar albergaban.


Seré una estrella, abuelo,

para iluminar tu alma,

para hacerte feliz,

con mis besos de nácar.


martes, 15 de junio de 2010

La sonrisa del mar


Abuelo ¿te gusta?

Sí, mi pequeña.


Y se entretiene jugando,

feliz con la arena,

de la playa dorada,

mientras el mar le sonríe

con sus olas, brotando

resplandores de plata.


Construyo un castillo, abuelo,

para ti y para mí,

para soñar con hadas

y con muñecas encantadas.


Sus mejillas sonrosadas,

lucen en la mañana clara;

y sus dedos

ilusiones derrama en la playa,

haciendo de sus juegos

un jardín de infantiles esperanzas.


domingo, 13 de junio de 2010

Filos de agua en las alturas



Las aguas, al brotar, forman un impresionante caudal. Y resurgen con fuerza de la tierra, con todo su ímpetu cristalino. Es un manantío que maravilla su contemplación. Rápidamente las aguas se transforman en una corriente rápida y rugiente, emulando las pirenaicas. Nacen con ribetes arbustivos alrededor, gramíneas, roldes de piedras y florecillas silvestres.

Son aguas que crecen a 1.500 metros de altitud, cerca de la cabecera del valle que toma su nombre: El río Arcos. Arriba, recios eslabones de cumbres que rozan los dos mil metros de altitud, con vistosos rebordes calizos. Y pasos fáciles a estas atalayas del Sistema Ibérico, con monte ratizo. Rutas de la sierra de Javalambre que asombran entre la mágica desnudez de la alta montaña.

Sigo los pasos del río, valle abajo. Al lado quedan los corrales del Nacimiento. Un quebrado pico domina el paisaje con su indumentaria pinariega: El Buitre, que se alza casi en el corazón de la voluminosa y alomada sierra. Ideálico es el valle cuando desciende. Y el caminante comulga una vez más de la paz y la serenidad que le transmite la querida sierra, le rejuvenece y le da por recitar algún verso, cuando la joven y alborozada corriente del Arcos se riza en espumas.


Río de aguas nobles,

de vitalicia pureza,

naciendo en la poderosa sierra,

bajo los atavíos de ásperas breñas.


Baja el Arcos saltarín y rápido con su semblante de torrente serrano, sumando las aguas que manan de fuentes que salpican su valle: Marciala, Cruceta, Agua Blanca (manantial que nace en el interior de una pequeña gruta) y la popular de los Baños, recomendada, según explica un letrero, para aliviar el reuma, buena para depurar el riñón y elevar la tensión. Cuentan que antiguamente la afluencia de gentes a beber las aguas de la fuente de los Baños era masiva, siendo costumbre entre la gente realizar la famosa “novena”.

Elevados lienzos de cortantes rocas constriñen el paso del río, que serpentea por los corrales de los Ríos y por el estrecho de los Baños. En esta simbiosis de río y roca el Arcos franquea el Calicanto, un gran escalón pedregoso, saltando en una pequeña cascada. Chopos, sargueras y nogueras orlan el río, que, dejando atrás el reino de las rocas, discurre entre tierras cultivadas y frutales. El Arcos se acerca al pueblo, a Arcos de las Salinas, que destila paz y atrae por el paisaje que lo cerca, brioso, verde, un escenario natural entre el melodioso fondo de la jota.

Y baja el Arcos nuevamente angostado, dominado por cantiles, amansado en pozas, trenzando pespuntes de plata bajo las pupilas de los chopos y el pinar. Y entrega sus aguas, que nacieron en los alcores de Javalambre, al Turia. Y en este abrazo se alzan impetuosas vertientes donde la roca flamea en imponentes cortados y farallones. Aquí, el Turia, hilvana uno de los paisajes más impresionantes y fastuosos de toda su cuenca.