Camino solo por tierras de Teruel. Me gusta oír la canción de los ríos. Y quiero escuchar una vez más la corriente del río Arcos, que, en tiempos pasados, me fue tema literario. Y que mejor que orientar mis pasos por paisajes donde el tiempo se he detenido, y la naturaleza sigue despertando cada primavera, para brindarnos su colorido, su caudal de deidades, la coreografía galopante del Arcos, brincando con delicia por escalones naturales.
La soledad, el caminar solo por estos bellos parajes de Javalambre, me hace sentirme dichoso, aislado en el impar cónclave de la naturaleza. No hablo con nadie. Pero la voz del del río la escucho claramente, como un coloquio que solo yo puedo disfrutar.
Añosos bancales labrantíos orillan el río. Y la vegetación, que se funde en copiosas choperas, acopia un delirio de verdes. Y al borde del camino mil plantas estampillan la regocijante alegría de su colorido.
Asciendo por el camino. Al lado, el río. Que baja eufónico, espumeante, saltarín, entre tramos angostados. Voy acercándome a su nacimiento.
El paisaje serrano de Javalambre se abre, se engrandece, rozando los dos mil metros de altitud. Por su curso se moldea el nivel antrópico de estas tierras, donde los lugareños parcelaron su economía.
Se eleva culebreante el camino. Por la izquierda se rehunde el Arcos. Su curso es mocetón, alegre.
Estos grandiosos paisajes, donde el senderista es feliz, me hacen despertar siempre una emoción grande, profunda. El sentimiento se aviva, adopta coloquios con el agua, con las brisas, con el color de la tierra, con la fuerza parabólica de la roca, que forma excrecencias ninfáticas por el Buitre (1.957 m.).
La vena cristalina del Arcos, a pocos metros de su nacimiento, es gloriosa. Se acrece enseguida, suena entre danzas vigorosas, sorprendentes.
Y entre tanta soledad, entre la reciedumbre del paisaje, desolado paisaje de piedra gris, genuinamente serrano, me siento feliz. La gracia del Arcos, recien nacido, contrasta con la austeridad del paisaje, de las altas peñas, formando parte su estructura de un domo anticlinal integrado por materiales calcáreos de edad jurásica.
Pronto la corriente se convierte en fuerza mordedora. Su cauce se define. Las aguas bajan rápidas. Y su rumor encandila al despeñarse entre saltaderos. Sus márgenes se adornan de plantas silvestres, de flores de radiantes colores. La tierra arcádica confina al Arcos. El cantil lo domina.
Se encastilla de blasones naturales. Parajes de alta montaña pisados mil veces, de vivísimas ondulaciones, rameados de arroyos, de encrespados suelos de vertientes rápidas...
Río abajo, saltaron las truchas...