… o me parece escucharla mientras camino. La mañana es templada, el sol alza su supremacía luminosa sobre la tierra. Sobre esa tierra que piso donde aflora la savia ancestral, donde las manos del campesino dejaron su huella, su impronta en las lejanas décadas.
Sigo escuchando la melodía. Son “Sonidos de ternura” que alegran mis pensamientos. Son como un soplo tonificante que se cuelga en la tierra limpia, donde brotó el trigo y creció el almendro.
Camino en busca de la poesía. Quiero hacer escaladas por los pentagramas del olvido. Donde el azul abrazó sueños y aventuras.
Me adentro en las masías. Esta vez mis ojos viajan por la honda melancolía de unas piedras venerables y olvidadas, de una arquitectura rural que acunó afanes y sueños altos.
Soy testigo del silencio. Un silencio embriagador que suena como un violín de esperanza. La mirada se aviva como mi alegría lírica. No estoy triste por lo que veo. Me parece oír balidos de ovejas, el canto de un gallo, el ladrido de un perro, el zureo de palomas campesinas… Pero no, todo está quieto en estas masías que visito. Pero es una quietud que me llena, que penetra por los senderos de mi corazón, que emociona, como el abrazo del amigo, conmovido por la noble lucha de estos edificios expuestos a las penumbras del olvido.
Suena la música nuevamente mientras me marcho. Mis pasos dejan su huella sobre la tierra del camino, acuñando vida momentánea. Y el silencio me mira hasta que… desaparezco.