

Mis pasos se orientan por tierras del Alto Maestrazgo. Tierras tapizadas de verdes, de ocres y grises, moduladas por valles, hoyas, intrincados barrancos y quebradas profundas, que se deslizan hacia los impresionantes tajos del río Montlleó.
El alma de la tierra se funde con el silencio. El Maestrazgo es pletórico en páginas históricas. Por todos los lados asoma el trabajo de sus gentes, que siguen dando sus frutos. La imagen ancestral de estas tierras se palpa bajo los luminosos acordes del astro rey. Y yo disfruto caminando por estos atávicos y panorámicos escenarios, entre un aire puro, pasando por lugares con olor a tierra, donde resuenan los ecos de las esquilas, rebotando entre la secular piedra en seco de los azagadores, sempiterno trazado evocando el trasiego de los rebaños.

En los bosques se aprietan las carrascas y los pinares. Y el pregón del mediodía se desploma como los verticales farallones que se asoman sobre abismos sobrecogedores. Los buitres anidan en la reciedumbre de estas paredes, y sus majestuosos planeos se dibujan en la cristalina atmósfera, con sus delicados brillos azules.

Los colores se extienden potentes, salpicados por masías matizadas con el color de la tierra, aposentadas en el regazo de las eminentes montañas, atisbando en su posición la sinfonía de la luz.
















































